martes, 18 de junio de 2013

El helado viento de inicios de invierno

Bajas del terrible cielo para mezclarte entre los mortales,
y tu poderoso aliento nos hace sentir como metales,
maleables y duros, enrojecidos por tu golpe sincero,
te damos la cara, y la escondemos con la nariz roja para no parecer ebrios.

Lentos, perezosas maquinas de exhalar, vamos todos juntos a rumiar,
tarareamos la sinfonía del murmullo, de la calidez de algunos humanos juntos.
Esperas, y afuera estás como acechando a una presa,
la cual se une con  todos en una sala pequeña y para así  parecer una gran cebra.  

Elevando en tu nombre palabras de un léxico un tanto soez,
algunos maldicen tus terribles ganas de todo cuerpo poseer,
y cabalgas en los vientos de junio y parece que te metieras en mi cabeza,
pero algo hiciste, parece que se congeló algo, y al quebrarse cayó como un enorme candelabro.


Y se hizo fuego, uno muy grande y un calor casi sofocante, temblores propios del movimiento de volcanes,
y aquellos vientos helados de tristeza circunstancial y circundante,
no hacen más que pasar por mi lado cuando estoy pensando en tu figura de rojo color cambiante,
y me tienes sentado, pensando y obviando el terrible escenario que tenía para mí el frío de esta estación del año,
pero me dices – espera – que se viene un cambio,
comienza el tibio viento del invierno de un viejo pensamiento,
y aquí estoy sentado pensando, aun con frío, pero sintiendo un calor “nuevo”.

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